jueves, 12 de julio de 2012

Relatos


Sofía
“Cuando te vi, tus ojos parpadearon al verme. Lo noté claramente, tu mirabas a un lado para disimular que no me vías, pensabas seguro que no te había visto que me mirabas, y cuando volviste a mirarme, yo te estaba mirando, te encontraste con mis ojos. Te pusiste nervioso, pusiste una cara de tomate. Sonreíste, me dijiste, hola, hola te respondí y entraste a tu salón con las manos en el bolsillo del pantalón, estabas visiblemente nervioso y sorprendido. Pero yo no puedo dejar de pensar en tu rostro con esos lentes de marcos negros, te quedan bien,  reafirman ese aire inteligente y guapo que eres. Me gustan tus ojos negros, esas cejas finas, esa cara jovial, esa cara de papacito. Pero  me gusta más ese niño tranquilo, inteligente, tierno y a veces serio. Eso me gusta de ti, esa seriedad de hombre maduro y niño tierno a la vez. Te he estado observado siempre desde la primera vez que te vi. Hay si supieras que suspiro cada vez que te veo y cada vez que pienso en ti, mi corazón se acelera, mi cuerpo se hace no se qué, me ruborizo. No puedo dejar de pensar en ti desde la primera vez que te vi caminando por el patio con el flaco Juancho.” Suspiras, sonríes, miras al profesor que se acerca a ti y pone el examen sobre la mesa. Lo miras sin leer, pones tu nombre en esas líneas punteadas, grado y sección: 4 “A”.  Tú vuelves a mirar hacia la puerta, el sol de la tarde golpea sobre las paredes de ladrillo arenisco de las aulas y el calor soporífico se vuelve pesado.  “Entré a tu salón por quería verte. Fui con el pretexto de ver a mi amiga Margot, tu compañera. Y ahí estabas tú, impecable como siempre, con el uniforme blanco y gris, bien planchado y los zapatos bien lustrados. Estabas sentado en la carpeta, comiendo un helado junto a Piero, pensando en algo con la mirada fija en la puerta.  Te sorprendí otra vez, volteaste esa cara blanquiñosa para darme la espalda. Buscaste algo en el cajón de la mesa. La verdad es que no supiste que hacer mi baby. Margot me picó la barriga con un dedo diciéndome, ahí está, no te aloques hermanita. Tranquila niña, tranquila loquita. No te lances. Ni la tientes amiga, vayas a ser perder la vocación al futuro cura, será un curita divino. Yo me reí mirándote, te sentabas sin saber que hacer, te diste cuenta que te miraba y hablaba de ti. Te pusiste de pie, caminaste despacio por mi lado, disimulando tu timidez y luego  al llegar a la puerta, aceleraste el paso y saliste del salón. Estabas colorado mi baby, no sabía que tú eras tan tímido.” Recorres con la mirada de izquierda a derecha la pizarra mal borrada, las letras de tiza se ven en colores azules, rojos y blancos, lees: examen de CTA, fecha 23/03/2008. Suspiras pensando. La cara del joven profesor mirando seriamente a todos. “No sé por qué tus ojos cuando me miran me ponen nerviosa, pareciera que me tocaras con la mirada, un no se qué se apodera de mi, debe ser por que miras tiernamente o será por que tienes una linda sonrisa o por que eres un muchacho atractivo, decente, caballero, de esos que hay pocos, es decir, de esos tipos que se encuentran uno entre quinientos. También a mis compañeras las vuelves locas. Si, las vuelves locas, todo el mundo escribe tu nombre en los cuadernos, eres hermoso, churrísimo, tú eres  el amor platónico de muchas, un imposible para ellas, pero quien sabe. Si, eso piensan de ti.” Miras esa hoja manchada con tinta negra a los costados, tu nombre escrito en caligrafía garabata, miras también el piso de cemento, un papel de cuaderno arrugado junto a tus zapatos, lo pisas arrastrándolo hacia la silla haciendo un ruido tosco. Escuchas un susurro de voces detrás, preguntando las respuestas. Levantas la mirada hacia la ventana. El profesor ha estado observándote. “Eres hermoso, simpático, dicen que tu vas hacer curita, dicen esas malas lenguas…eres alegre, serio en tus cosas, estás como se quiere. Aunque se mueran de envidia mis compañeras. Te has fijado en mí. ¡Qué alegría! ¡Qué emoción! Solo en ti nada más en ti, he sentido estas cosas en mi ser que no se explicar. Es más que sentir volar mariposas en el estomago, es mas que oler el perfume de las rosas en un jardín, es como sentir que vives feliz por instantes eternos.” El profesor parado frente a la pizarra con los brazos cruzados. Luego los baja y los pone  detrás de la espalda, en posición de descanso. Cambia de mirada y se pone andar por el centro del aula. Te has dado cuenta: los ojos del profesor, mirando tu fila,  observándote otra vez. Vuelve otra vez al lugar donde estuvo parado y desde ahí quiere verlo todo, taconeando los zapatos alargados y marrones, esos que tienen forma de pico de pato. Tomas la hoja del examen con la mano izquierda y te ventilas la cara, luego sonríes cuando vuelve a mirar tu fila,  bajas la hoja del examen a la mesa. Lees la primera pregunta, intuyes la respuesta, escribes con  letra corrida: las aterías del corazón son… Luego detienes el lapicero y tintineas sobre el papel.  Esa cara, esa mirada aparecen frente a ti, clara, tierna. “Eres como caído del cielo. Eres un amor Mario. Te amaré con toda mi alma, solo si tú me amas de verdad, por que mi corazón tiene varios rotos, no quiere otra herida más. Esperaré a que te acerques a mi y me lo digas mirándome: “Sofía…yo…tu sabes que tu me gustas, estoy enamorado de ti.” ¿Así?, estás loco, ¿de verdad? No seas mentiroso. No es cierto. Tú tienes tu enamorada, yo te vi. Es más bonita que yo. “No, de verdad, no tengo enamorada. Tú eres la única que me gusta.”  Yo no sabré que decirte, te diré que estás bien loco, te diré que otro día conversamos…o mejor te miraré a los ojos y tu tomarás mi cara...tu y yo solos mirándonos los ojos, acariciándonos nuestros rostros”. Oyes la voz del profesor indicando que las preguntas corresponden al tema que han expuesto y de aquello que han investigado cada uno, no es otra cosa que no se haya estudiado. Se pasea desde la puerta hasta el centro de la pizarra, pensando. Lees,…indica las partes principales del sistema circulatorio…y ves el dibujo en blanco y negro…un cuerpo despellejado para indicar las arterias. No sé nada profe, escribes, no me acuerdo. Lees la pregunta siguiente, suspiras otra vez cuando levantas la mirada sobre sus cabezas para verlos a todos. Celene levanta los ojos dormilones, piensa en un instante, luego se inclina acordándose de algo y  escribe apresurada. Los tres últimos alumnos que están contra la pared, miran sin hacer nada, abren la boca de pereza, lagrimean los ojos, tienen sueño, no saben nada. Tintineas otra vez el lapicero sobre la mesa.  Sigues pensando en él. Dibujas un cuadro al dorso de la hoja, luego un corazón, le pones alas, escribe tu nombre y xxxxx. Vuelves a mirar la ventana, la puerta, el sol que brilla en lo alto de la cumbre boscosa, el patio que tiembla como fuego abrazador. El profesor se ha sentado en su pupitre. “Tú saliste. Conversé con Margot sobre ti, le pregunté que hacías, que si tenias enamorada, y me dijo que no. Que ella sepa no, no te habían visto con nadie, de que se morían por ti, habían muchas. Me dijo que tenías unas amigas que se acercan a ti y que son muy confianzudas: Te abrazan, te roban besos, son unas regaladas, fáciles. Dicen que te pones un poco colorado. Te molestan de curita. Eso me dice Margot. Hay como te molestan con eso, “vamos a tentarle al curita”, se entregan de brazos abiertos, se sientan sobre tus piernas, y tú, el muy amable te levantas y los abrazas y te escusas y sales a la biblioteca o hacer cualquier otra cosa para zafarte de su acoso…. Me acercaré a la hora de salida. Te diré hola. “Hola”. Eres Mario ¿Verdad? “Si”. Soy Sofía, quería saludarte. “Ah gracias, un gusto saludarte”. Chao. “Chao”. “¿Te vas así de pronto?” Si, claro. “Espera, vamos juntos, ¿Vas por ahí?”. Si. “Te acompaño si quieres.” Ah gracias. “¿Cómo sabes mi nombre”. Ah es un secreto. “Okey, no me lo digas si no quieres. ¿Y tu enamorado? ”. ¿Quién? “El gordo Nacho Reátegui”. Ah ese gordo, no me hagas acordar, ya no es mi nada. “¿Nada?” Si nada. Fue puro vacilón pues. “Ah puro vacilón, a ti te gusta mucho vacilarte por lo que veo.” Claro, la vida hay que disfrutarla, hay que gozarla, hay que vivirla ¿no?… “Claro, por su puesto”. Si, hay que disfrutar de la vida. “Ahh  si claro, hay que vivir la vida”. ¿Y tú vas a ser curita? “¡Ah, eso, me molestan por que ando con curas y monjitas, pero no, no voy a ser cura.” Menos mal, por que serias un desperdicio de hombre, lo que nos perderíamos nosotras. Jajajaja. Te reirías a lo mejor.” Sonríes y suspiras profundo. “Piensas tonterías Sofía”-te dices. El profesor regaña a Judith por estar con el libro abierto y copiar las respuestas. Prefiere un once honrado que un veinte robado. Se siente molesto, le ha quitado el examen. Tú te vuelves hacia esa voz gruesa e intimidante. Lo vez eufórico, saca un lapicero rojo del bolsillo de la camisa rayada y lo pone cinco y debajo “por plagiar”. Judith se levanta sin decir nada. No quiere oír al profesor y hace una mueca de burla. Hay un silencio total. Sale del salón y grita como una loca. Tú piensas. “¿Si mañana pasara por tu casa? Claro, nos encontramos en la esquina del jirón independencia, iremos juntos al  cole. Hola. “Hola Sofí”.  ¿Cómo estás? Bien ¿y tu? “Bien, estoy muy bien”. Te quedan muy bien esos lentes. “Ah gracias, tu eres muy bonita, eres una princesa solitaria, eres muy simpática, te pareces mucho Selena Gómez, pero ¿por que tienes los ojos tristes?” Anoche me desvelé un poco estudiando. “¿Así? ¿Te gustaría estudiar conmigo?” Sería genial estudiar contigo. Asolas nos veríamos. Irías a mi casa, mi madre jodida, te sorprendería con su cara de ocho, gorda y despeinada. Yo no soy así, soy todo lo contrario, me gusta divertirme. “¿Ella es tu vieja?”. Si desde que se pelearon por los cuernos que lo puso mi padre, ella se ha puesto así, una vieja amargada y cascarrabias. Claro, como no va estar así, si la ha cambiado por una chibola casi de mi edad. Eso a cualquiera la deprime. A veces me tiene cólera, dice que por mi culpa se ha vuelto vieja y que por eso ya nadie la quiere. No me habla días enteros a veces. Como si yo tuviera la culpa de todo. Si tú supieras mi vida, es un infierno, a veces no hay ni para comer. A mi padre no le alcanza para la pensión, no tiene trabajo fijo. “¿No se molestará cuando salga contigo?” No, le da igual, o quizá prefiera que me case de una vez. Subirás a mi cuarto. Te haré sentar en mi cama y tu me abrazarás, tú y yo…”  Loca que piensas.  
-Quince minutos y me entregan los exámenes-dice el profesor. Sigue observándote. Se acerca a ti, mira tu examen, menea la cabeza, no has hecho nada. Tú sonríes al profesor, a ese que te cae chévere, por que es simpático, recto y joven. Recorre el salón con sus pasos largos, siempre taconeando los zapatos. Oyes hablar fuerte regañando a Fernando, ¡mira tú examen hombre…! ”Cuando no el gemelo siempre plagiando. Siempre plagian estos dañados. ” ¡O te me vas afuera ¡ En voz baja, dices ´´bótalos profe, ya te plagiaron. Manuelito te oye. “¿Sabes la cinco?” “No, estudia ocioso.” “Ahh, así eres, esta bien...sobrada…ya te jodiste…después no me pidas favorcitos.” Mueve la cabeza con una sonrisa cachacienta. Lo ves, su pelo grasiento y la cara de bebe travieso. Te vuelves despacio mirando el piso, la hoja vacía del examen, luego ves acercarse el profesor.
-Qué pasa ahí, silencio- habla el profesor. –Si ya ha terminado señorita, entregue de una vez y salgan a fuera.
-Nada profe. Tranquilo, no te molestes, soy honesta- Arrimas la cabeza, contra la pared, pensando. Ahora no te importará el examen. Escribes: no sé, no sé en las demás preguntas. “Tú tienes enamorada, un muchacho como tú, chicas bonitas no te deben faltar. Pero como dicen por ahí, en la guerra y en el amor, vale todo…” “Dicen que eres un poco tímido. Me gustan los tímidos, por que son los hombres más sinceros y puros. ¿De verdad eres tímido? Dicen  muy poco, no florean, solo saben amar. “Bueno, no sé, creo que un poco, me pongo tímido frente a las chicas bonitas como tu. Las chicas como tú me ponen nervioso, como a cualquiera ¿no?” Si se nota. Y te sonrojarás. Te pondrás colorado. Esconderás las manos en el bolsillo del pantalón, andarás enjuto y tratarás de parecerme bacán. Pero tú no eres así. Eres distinto. Tú andar lo dice todo, caminas seguro, mirando de frente. ¿Sabes matemáticas? “Si, un poco, me defiendo. Me gusta más historia y literatura, también arte.” A mi matemática  y también historia  “¿De verdad?”. ¿Podemos estudiar juntos? “Claro”. ¿De verdad? “Si, será un placer hacer las tareas contigo, ambos aprenderemos si nos enseñamos mutuamente.”
Vez la pizarra verde y otra ves la cara del profesor mirando con sus ojos negros y profundos en silencio, atentos hacia los movimiento extraños debajo de las mesas. Tu sabes que hace rato se plagiaron el examen, no se ha dado cuenta. Tú nada, te dices. Entonces ves levantarse a Deyvi, Arnol, después a Mañuco, con el examen resuelto en la mano. Entregan al profesor y salen. A fuera oyes unos gritos locos de contentos de haber logrado la hazaña: haberse zafado de la vigilancia del profesor. “Sacaron veinte estos idiotas, qué importa, la próxima estudiaré.”
“¿De verdad? Voy a tu casa mañana si quieres.” No, mejor yo voy a tu casa. Tú debes saber que mi madre es una jodida. Te vas asustar cuando la veas. No lo tomes a mal…es como…nada.” Así te diré, a si te voy a querer tontito. Te veré en la hora de la salida, espero que me mires. Me gusta que me mires. Creo que estoy perdidamente enamorada de ti Mario.” Suspiras otra vez, te levantas sonriendo, caminas de frente y entregas el examen al profesor. Lo ojea, te mira y tú le das espalda.
-Excelentes respuestas…señorita.
-No te burles profe. Ya arreglamos después.


Morales, Marzo del 2011

sábado, 6 de octubre de 2007

Hablando de tí;


Hablando de tì,
dirè que eres como el agua fresca
como el viento que mueve mis cabellos
como el sol tibio de la mañana que despierta
como el canto de la niña de los sueños
como el ruido de las estrellas
como la luna naciente en la noche.

Hablando de tí;
diré que eras la gota que resbaló en la hoja verde
la mañana que mojó mi rostro cuando desperté mirandote
el río que llevó el día anda luz.
Que eras el susurro de la noche
el camino libre a la montaña de nieve
la imagen azul del cielo.


Hablando de tí;
dirè que tus ojos no eran azules si no pardos
que tus manos no eran de papel si no de pan caliente.
Diré que tenias una voz de viento humilde en las alturas
que eras como el silencio de un pájaro en vuelo
que mirabas como cuando soñabamos juntos.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo

Gabriel García Márquez
(1955)
El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
LEA EL RESTO EN

http://www.literatura.us/garciamarquez/isabel.html

viernes, 28 de septiembre de 2007

Mi nombre


Sé que has pronunciado mi nombre
en las mañanas cuando acababan de nacer los días de la madrugada
cuando te despertabas con el sol filtrándose por la ventana
cuando sentías que el aire frió no quería huir de la noche
llevando tus sueños despiertos, tus ruidos, tus visiones, tu pasado.

También sé que evocabas mi nombre
en los atardeceres de soledad de abril
cuando los pájaros volaban a los árboles más altos
para espiar con sus ojos directos el horizonte de la infinidad
buscando tal vez presagios,
las formas de la devolución de tus sueños esquivos.

Sé que escribías mi nombre
en la calle de paredes abandonadas
cuando el corazón se detenía para mirar con ojos
y cuando el aliento se agarraba del alma,
escribías con mano de tiza para decirme que me buscabas.
En la piedra del río, en aquella roca solitaria que te acompañaba
en los días que te abandonaron en tu silencio
como el mendigo arrojado al olvido.
En aquel brazo delicado, en tu libro preferido
en todas las cosas que podías tocar y escribir
en todas partes escribías, mi nombre con obsesión...

Sé que habías pronunciado mi nombre
cuando el viento acariciaba la faz de tu rostro bañado de sol
cuando buscabas chocar con la soledad de los días vacíos
cuando los ojos parpadeaban por el desconcierto
sintiendo la ausencia, el vació, la profundidad de la nada.

Sé que evocabas mi nombre
en las noches de viento conspirador
cuando escuchabas el silbido y la voz del pájaro
queriendo oír tal vez en la resonancia de un lejano te quiero
y con la mano tocabas el cielo para no sentir la irrealidad.
Llamabas mi nombre, y no estaba.

Sé que escribías mi nombre
en la arena gris de la playa del mar embravecido
en la arena del río
con el mismo dedo con que señalabas el horizonte
y que eran las olas que borraban con espuma enloquecida, ese nombre.
¿Acaso la arena, la espuma el, el agua, eran el tiempo efímero?

También se que evocabas mi nombre
en las horas de lluvia tierna en la ciudad
cuando mirabas por la ventana de vidrio
desde el cuarto que encerraba tus secretos
con tu febril silencio de ruidos que el alma escuchaba
cuando tus ojos, tu cara, tus cabellos,
tus pensamientos reposaban en la quietud de la hora triste.

Sé que pronunciabas mi nombre
varias veces en la oración que salía de tu boca
con esa voz que celebrabas la melodía de la vida
con el suave ritmo que lleva el viento tocable de la música
a aquellos oídos del sordo que reconociendo tu voz, te llamaba
y tu te acordabas...me llamabas, y no estaba.

Sé que ahora escribes mi nombre
en tus sueños más dorados y más desconocidos
en la libertad creíble para soñar
y que ahora prefieres no conocerme
y porque crees que brotaran de tu inocencia
el temple de combate por tus anhelos.
¿Y será que mi nombre, lo escribirás solo en el espacio de tu sueños?
Diré entonces que solo habías escritos mi nombre...

Ahora se que sé que pronunciarás mi nombre
en los campos que verán tu sencillo andar
ahora con tu mirar esquivo, fugando al ruido de la soledad
cuando encuentres que sonreír a la flor que se agita levemente por ti
te pondrás como el viento feliz, y no habrán más pasos solitarios.
Mi nombre... mi nombre... será ya un vago recuerdo.

Pensaré ahora que evocarás mi nombre
cuando ya corras libre detrás del viento libre
huyendo de las voces que llamaron atrás
sin mirar tus pasos en la vuelta del camino
y dirás que mi nombre es como huella perdida del recuerdo,
entonces ya no me evocarás...

Diré entonces que habías pronunciado mi nombre
antes de dormir, después de levantarte
en todos los momentos del día y la noche
en todos los lugares donde te encontrabas
pronunciabas mi nombre pensando: Donde estás que te quería...

Diré como nunca que me evocabas, me escribías, me llamabas
tal vez no haya existido, porque yo era donde tu no creías
por que yo era donde tu no estabas
en fin, soy el joven amor, libertad de la paz.
Y ahora escribiré tu nombre...
en la tarde por que es como el amanecer,
y solo porque tú... estas todavía.